Los cibermonos de Locombia

Fragmento do relatório do Agente Zed Stein, encontrado em um sebo de livros escolares no mercado de Getsemaní, em Cartagena de Indias, maio de 2051. É o último documento deixado por Stein antes de desligar-se da Divisão dos Não-Lineares

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De: Agente Zed Stein
Para: Subcomandante Mark Sandman
Asunto: El desaparecimiento del Agente Seymour Glass
En: Barichara, Colômbia, 12 de março de 2047

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Voy te contar, papito. No es facil escrivir nesta lengua nueva. Ja no es facil cuentar esta historia. Ni mesmo sei bien lo que se pasó. Estoy en una ciudadezita colonial sinistramente silenciosa que parece extraída de los montes de Minas Gerais, mas quedase en los Andes, aunque los sinos toquem con gusto de orapronobis y jo acabe de almorzar um maravilloso bode grellado, que acá ellos jamam de cabros. No es facil una lengua nueva, ni para elles. Ni para los monos. Voy te cuentar.

Bueno, conforme la misión, estoy en Locombia em busca do Agente Glass, una vez que los ultimos sinales que envió perderanse en algun punto entre las cordilleras Central y Oriental. Y de hecho aché uns parceros en Bogotá, pierto del Mercado San Alejo, que terian visto en el comenzo de janero un gringo branquelo y narigudo, com una superchevere ropa de monge budista, pedindo informacciones sobre cactus Sanpedro. Solo poderia ser el Agente Glass. Ele siempre tuve essa quediña por mescalina, el doidón. Ahora ejo deveria estar por ahi pelo cientro, o por el distrito de La Candelaria. Mas donde? La ciudad es enormisima, cuadriculada como um jugo de xadrez donde los peones son ananos, ops, enanos vestidos de mariachis, los caballos son burricos desembestados, los bispos ziguezagueantes son táxis amarillentos que suben los calzadones y que ja continue tu mesmo la metafora (a final acá en Locombia todo quer dizer otra coisa, como voy a explicar más tarde), donde no pára de llover, un frio y una neblina ducaray que envolven la paisaje tipo chantilly. Si el Escritor Recluso he comprado el Sanpedro, de cosas buenas no deve estar atrás.

Despues de muchas rumbas y andanzas sin rumbo, descobri, en una galeria llamada Terraza Pasteur, donde allá por las diez de la noche se puede encontrar de tudo, todo que tu quieras, un cierto bar Rayuela, decorado con motivos de Escher (nuestro colega vay curtir), donde mostré la fueto de Glass (en todos sus disfrazes, tipo viello, joven, garota, gordo, magro etc) a lo mesero, un punk cafeinómano, que mandó:

“Si, me acuerdo desto abuelito. He venido acá dos noches seguidas. Me pareció meditabundo, como un niño sin su brinquedo… Gustaba de beber mojitos encuanto facia palabras cruzadas. Recuerdo que cuando terminó su librito sonrió, una única vez. Ay, dejó acá su librito! Pega, ia mesmo atirar afuera”.

Guardé las palabras cruzadas y fue de bar en bar hasta la Macarena, donde, en un tal de Ciudad Invisible, una guapisima danzarina insinuó:

“Lo vi comprar unos vestidos de um travesti.”
“Enserio?”
“Cual es lo problema?”
“Pareciam amigos, ele y lo travesti? Los viu antes deso?”
“No, fue la unica vez. Pero pareciam amigos, hablavam mucho de moda… Ah! me acuerdo que el tiozito estaba tambié interesado en comprar una ropa de torero…”

Pagué y sali, zonzo con el perfume opiáceo de la chica. Tuve una iluminación sin noción y obviamente la coloqué en prática: domingo seguinte compré un sombrero cachaco preto y caminé hasta la Plaza de Toros Santamaria. Pagué los ojos de la cara, cien mijones de dineros, por un lugar apretado entre los vinte mil assistentes – solo gente buena, no habia miserabiles. No tengo nada que ver con essas tradiciones que gustan de gozar con el palo alleno: me cagué si el toro o si el torero o el público van a morir; aché el espetáculo una chatura sin fin… un toro entrava, danzava y moria, otro toro entrava, danzava y moria, estava a me quedar de sueño, si!, de sueño, de dormirme, y no de sueño, de fantasiar encuanto se durme (estoy hablando que esto portuñol oficial es más pobre que el muerto português), embora parecesse mesmo un sueño estúpido, toro após toro si jodiendo, toro após toro entrando en la arena, de sus almofaditas los playboys gomelos atirando sombreros y gritando olé, olé, olé, cuando de repente sucedió una puta cosa esquisita, hombre.

El torero cayó muertito de la silva.

Si! Y poco a poco, los toreros assistentes tambié comenzaran a joderense en la arena, espajando pánico por toda la plaza de cuernos. En la hora pensé: algun puto francoatirador con una arma phaser, claro. Una arma phaser que solo nosotros, Agentes, podemos usar. Tenté quedarme parado encuanto los playboys corrian y girar mis ojos para encuentrar la fuente de los disparos – y bum!, unas dez fileras abajo, una viejita parada no dejaba dúvidas. “Agente Glass, seu hijoeputa!”, grité, feliz por reverlo. Y luego en seguida la viejita mató el último torero, volteó su cabeza y me miró, percebi estar cierto – era elle, el Escritor Recluso, loko, vestido de mujer… Desapareció en la multidón – perdón, papito.

Las semanas siguientes muchos otros atentados acontecieran formando un padrón, lo que, como sabe el Subcomandante, é algo muy dificil de rolar en Locombia, donde ni mesmo las mijones de maneras de danzar salsa facen una lógica, donde cada cosa quer dizer otra cosa. Mas de gringos que perdieran las orejas en asaltos en Villa de Neyva, de freiras que eran molestadas en las busetas de Medellín (lo que parece jover en el mojado), de buembas que explodian nas mansiones de narcocaudillos de Cartago y del trafico de cadáveres de cantores de pós-vallenato en maletas etc, los jornales estan llenos, hoy, mañana y siempre. Lo que me pareció extrañísimo, sí, fueran los episodios de la Gallera San Miguel, en Bogotá, y de la Finca Paraíso, en un pántano pierto de Mompós.

En el clube gallístico moriran uns cien hombres – todos enbenenados, losers. Solamente restaran los estupefatos gallos y don Claudio Tovar, el presidente del clube, que estaba en el bañero haciendo titica cuando la humasa asasinou sus sócios. La policía tartamudaba de un veneno a que los supergallos son imunes. “Un silêncio extraño, povoado por cantos de gallos… jo me senti acuerdando dentro de un pesadelo kafkiano”, el sobrevivente cacarejaba a la prensa, bañado en lágrimas, su caracteristico ton paradojalmente gallináceo a lembrar un crítico literário.

Ja en la Finca Paraíso facian otro tipo de pelea con animales: telecatch de cachuerrones teleguiados. Nada se pasó con los canzitos mutantes, de mastins-sucuris a pitbulls de seis pernas pasando por akitas cocainómanos, todos sin la lengua, para no latir y asi llamar atención de la ley (lo que me parece una lírica definición de la literatura de vanguarda, non?). Pero los apostadores, propietarios y visitantes y hasta las tiazitas que venden chicha, aquella cachaza de millo horrible, unos 50 lokos por la pelea clandestina de perros fueran, como se diz acá, snifar coca pela raiz.

Si de un lado el goberno notava un padrón en el enbenamiento de gás, de un tipo que no afectava los animales, y los nietos de los guerrilleros que detonaban na Colombia de los años 60 entón sequestraban vulcones de la Cordillera, ameazando explodir el Nevado del Ruiz si no les devolviesen las minas de lithium del Medio Magdalena etc etc conforme el papito debe ter acompañado por los medios de comunicación (si és que el mobimiento Escobarista no tiene algo que ver con nuestra División de Los No-Lineares, estoy sendo impertinente, Subcomandante?), jo, entre una rumba y otra, tentaba imaginar cual seria el proximo paso del ensandecido Agente Seymour Glass. Si ejo estaba indo para el norte del país, lo mas cierto era que se marchase para el Parque Tayrona, território militarizado de las reservas de robonobos, la espécimen de cibermonos creada con orgullo nacional – “Los Macacos Locombianos Do It Better” – para el marketing de peliculas de porno snuff aditivados por la triptoheroina plantada en los contrafortes de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Alugué una barca y subi el Magdalena hasta Barranquilla, donde sali por el Caribe ate atracar en el Cabo San Juan de Guia. Como siempre, no pensaba que el más fácil fuese mesmo tan fácil, como siempre me olvido de la esquisita conexión entre los Agentes No-Lineares, aquejo iman que pulsa en nuestro sangue congelado que nos afasta y nos atrai y, como siempre, trai nuestra condición de pós-humanos, nuestra maldición maçon de judeus errantes que desenbocan en la puta y mesma Jerusalém. El cielo estaba azul y el espacio, lleno de luz – y vi el Escritor Recluso, aquejo que paró de escribir en 1963, la lenda, la piel enferma, la boca rota por copas y copas de mojitos, desdibujado, tomado, desangrado, completamente solo en la pequeña angra del Cabo, sob el dominio de un mirante y las palmas de unos coqueros implacabiles, nu sobre una canga colorida en que se percebia el deseño de un caballo. En sus manos, una caneta, un cuaderno.

Jo digo solo pues era el unico ser humano en la plaja tomada por los cibermonos que hacian sexo como se no havia mañana, a dos, a tres, cuatro, cinco, octaedros, trenziños, mandalas de macacos lúbricos trabajando toda su lenguaje requintada y obsesiva, pero ahora sin un guión que encuentrase alguna dirección. El Agente Seymour Glass miraba esto verdadero congreso politico y todo escribia en su cuadernito, rindo, rindose todiño el loko terrorista, en su solitário labor de disseminador de caos, un diós que pregase la anarquia para que pudese atingir el zen en la literatura, devolviendo algun senso para el mundo, mesmo que un senso de sexo mico. Esto todo observé de mi barca, atracando en la playa, observando que las piedras pareciam gigantescas cobras, tortugas, peces, y el mar parecia el ciel, y el ciel parecia las montañas, y cada una desas cosas parecesen símbolos de la civilización Tayrona, acá cada cosa quer dizer otra cosa.

“Hace tiempo, Agente Stein”, mandó, con su voz de tronco seco.

“Hace tiempo, Agente Glass! Gran idea, jamás hé pensado en la ecologia sexual como terrorismo político”, y caminé hasta la canga de caballo con la mano en el culo, con miedo de ser violentado por um robonobo, mi mamá nunca me perdonaria, papito. El Agente Glass me ofereció un cachimbito. “Andaste mucho, te acuesta al sol un poco, hombre. Mira! El ópio locombiano es el mas relax del mundo. Se segura, malandro”, y me estendió el fuego. Poco antes de tragar pensé en mostrar, como un aluno estudioso, el librito de palabras cruzadas donde todo estava completo – minos la contesta para el nombre del “Parque donde se localiza Sierra Nevada de Santa Marta”, el Tayrona, el território d’Eldorado. Ni Jack Sparrow ni españoles jamás imaginarian su terra devastada por monos herosexômanos anestesiados en un toreo tántrico.

Tragué el ópio y, tras olor de flores y amendoas y manos del viento, me recuerdo del Agente juntar sus cosas, cerrar su cuadierno y salir por la plaja de arenas negras y blancas, pescar unas piedritas volcánicas, guardar tudo dentro de su canga colorida que jogó nas costas y andar lentamente sobre las aguas lilases del Caribe. La trilha sonora en mi cabeza era perfecta cuando empezaba a cuentar el ritmo de las ondas del mar. Series de tres, cinco, nove, cuatro. Tres, cinco, nove, cuatro. Un padrón. Todo quer dizer alguna otra cosa.

Mas nessa hora, cuando ja estaba cuase achando buena una bonoba, pienso que jo mesmo comenzé a levitar.
RB, Colômbia, fevereiro de 2009

12 : Dia dos Namorados

Lost among the subway crowds
I try to catch your eye

Leonard Cohen, “Stories of the street”

– Mas você nunca morou com ninguém?

– Morar com alguém? Essa é boa. Não moro nem comigo mesmo…

Ele não me dá a mínima. O máximo que me concede é sua companhia zanzando pelos escombros deste shopping que havia na Faria Lima, alguma coisa com nome indígena. Zed sopra que gosta de flanar por velhas vitrines.

– Sentir vontade de ter coisas que não poderei jamais ter, Gas Gas.

Ele só me chama de Gas Gas. Jamais se lembra de que tive outros nomes. Jamais se lembra de que já entrou em mim quando eu era outras.

– A verdade é que nunca sinto vontade de ter nada – ele repete.

Eu já senti vontade de tê-lo. Durou umas horas, e meu nome não era Baby Gasoline. Era uma época em que usava a id Salvia Divinorum. Nos conhecemos numa feira. Na Feira da Benedito Calixto, quase na praia. Eu procurava fotos antigas de gente desconhecida para decorar minha sala, tinha pego um retrato de família e ele avisou: “Essa aí já tem dono”. Havia encomendado a foto ao dono do estande, me disse. Não quis me dizer se também colecionava imagens de anônimos, como eu, ou se de fato conhecia aquelas pessoas na foto. Falou o mesmo que agora:

– Vontade de ter o que não poderia jamais, sabe.

Mas, agora, no deserto deste museu, não tenho mais como reengatar essa conversa – ele vai me achar doida.

Se achasse que sou louco, trocaria meu nome – tinha cantado, bêbado, em uma ex-casa.

Não vai acreditar que eu e Salvia somos uma, a mesma. Já tive uma enorme vontade de chegar nele e me declarar Salvia. Mas não posso. Não teria como provar – agora que perdi os royalties sobre minha id. Estou endividada até o pescoço com o Neverland Institute. Literalmente: devo 3 pescoços, meia dúzia de próteses faciais, umas cirurgias plásticas, centenas de tratamentos capilares, um crédito absurdo em fibras musculares de segunda linha e uns cinco ou seis dermoconstrutos. Não é fácil ser mulher hoje em dia.

– O ar é baço, aqui… Não tem ao menos um café nesse antro?

– Acho que na entrada. Olha essas roupas… – rio.

– Não dá pra acreditar que vestiam isso vinte anos atrás.

– Esse texto sugere que as roupas de baixo eram para as consumidoras usarem no Dia dos Namorados… saca o que pode ser isso?

– Parece que antigamente havia um dia do ano em que os namorados se davam presentes. Algo assim.

– E o que eram namorados?

– Suponho que fossem casais temporários, alguma espécie de relação afetiva. Acho que não era exatamente casamento… mas também não era o que se costumava dizer amizade.

– Você aprendeu isso na escola?

– Não. Li uns dos Livros Proibidos…

– Eu também! Mas não consigo lembrar disso…

– Você não lembra nem de onde dormiu ontem!

Levei Zed para o cafofo de Salvia. Essa minha id, naquela época, trabalhava com eletroperversão histoimagética num edifício abandonado da Vila Madalena. Quando o rio subiu, em 2033, derrubou um monte de prédios. Alguns sobreviveram, como aquele da Fradique Coutinho. Cheguei antes de todo mundo, tomei um dos últimos andares para mim e morei lá dois anos, brincando de Salvia. O dinheiro com eletroperversão era bom: podia comprar várias ids. Consegui montar uma arapuca bacana pros caras legais que catava na feira. Mas tinha algo errado em Zed. Ele não parecia alguém recriado. Parecia que tinha caído do nada, nesta Cidade-Olho. Parecia mesmo alguém autêntico – embora negasse.
– Você tem certeza de que as águas não sobem aqui?
– Como posso ter certeza? O que sei é que a última vez em que esse shopping foi inundado tem uns dois, três anos, acho que foi 2053. Saca as marcas das paredes. Mas até que está bem conservado, né?
– É… olha essa loja de música… também tem um display falando de uma promoção para esse tal Dia dos Namorados. Será que foi nesse dia que rolou a Grande Enchente do Tietê?
– Se eu tivesse um Jaeh, via agora. Mas detesto essas coisas que fazem a gente lembrar de tudo muito rápido… eu gosto de esquecer, sabe? Ficar com aquele frio na barriga que dá quando a gente não lembra…
– Heheh… Sei.. Eu tenho a impressão de que tinha um Jaeh implantado, mas acho que precisei tirar… me dava coceira. Tenho umas alergias com biosilício, nunca descolei remédio pra isso…
Tudo o que queria era segurar suas mãos, levá-lo para minha cama de novo, qualquer cama, deixar que me apertasse e me olhasse como se eu fosse única, como na noite em que o levei à casa de Salvia, única e ao mesmo tempo conectada a ele. Mas não sou mais Salvia – e ele nunca vai se apaixonar por mim. Apaixonar-se. Li isso nos Livros Proibidos. Tinha a ver com aquela instituição chamada casamento, considerada antieconômica pelo Estado de Transição [engraçada a expressão – faz uns 30 anos que o Estado é o mesmo...] e punida com a extradição pros Territórios dos Coisos. Por que Zed é o único cara de quem as mãos nunca me escapam, na memória da pele? Não costumo me lembrar dos caras com quem… Ele, pelo visto, também não. Mas se dissesse a ele que Baby Gasoline é Salvia Divinorum…
Tudo o que eu queria era dar um soco na cara dele.
– Você já teve alguém de quem gostasse muito?
– Como assim, ter alguém? Um escravo, um robô, um Coiso?
– Alguém com quem você tivesse… sabe…
– Não sei, não me lembro… te falei, tenho uns problemas de memória.
– Nunca pensou em ler as digitais ou a íris no Neverland?
– Que digitais, que íris, Gas? Não tenho mais nada disso. Até minha arcada dentária é de pseudocálcio. Devo ter sido fuçado nalguma boca-de-porco na África, na Ásia, sei lá. Sinto que não é seguro acessar o Neverland. Não sei bem no que eu trabalhava, antes dos meus mnemoimplantes irem pro saco…
Chegamos no fim de outro corredor, descemos as escadas. O Museu do Consumo Conspícuo está às moscas a esta hora, cinco da tarde. Daqui a pouco vêm as chuvas de fim de dia. E as pessoas ficam tensas. Eu me garanto, na minha barca. E, de algum jeito que não sei por quê – confio em Zed.
– Olha isso!
Ao virarmos a esquina, depois de uma megaloja de moda, no chão à frente de uma delicatessen, o que parecia ser uma pessoa caída.
– Pelas roupas, é um Coiso…
O peito estava aberto. Da mão direita pendia uma ferramenta estranha.
– Talvez tivesse sido um Coiso tentando arrombar uma loja. Deve ter tomado um choque elétrico no peito, caiu e morreu aí mesmo.
– Era uma mulher… com certeza era uma mulher, pela túnica.
– Ela queria arrombar essa delicatessen aí na frente… Mas e se arriscou tanto assim só pra roubar uma cesta de chocolates podre, de vinte anos atrás?
– Talvez quisesse dar de presente pra algum namorado – ironizo, sem deixar de me deter sobre os miasmas e humores que escapavam da carniça fedorenta. O teto do shopping iluminava irrealmente a carcaça, dando a impressão de uma flor a se entreabrir. Moscas zumbiam sobre o tórax trucidado, dali saíam bandos de larvas, escorrendo num líquido grosso. Tudo isso ia e vinha em ondas, como se o corpo vivesse, e até se multiplicasse. O mais louco é que, na outra esquina, um pitviralata fuzilava os olhos pra gente – talvez achasse que fôssemos comer a sua caça. Precisei os olhos de Zed. Ele tinha a mesma íris que na noite com Salvia. Quem sabe as mesmas digitais. Talvez ele mesmo não soubesse que não é mais Zed, e sim outra id largada por algum Zed, desfazendo-se sob o vento e a garoa cítrica. Me pegou nos ombros, me tirou dali, suave.
Enquanto saíamos, o cão caía de boca naquele esquecido corpo.
Na rua, em frente ao shopping morto, Zed me parou. Tinha lágrimas na face. Parecia antigo, uma foto em sépia. Me puxou e me beijou. O cheiro do cadáver ainda ressoava nas narinas, ao mesmo tempo em que sentia que nunca mais queria sair das mãos de Zed. Havia lido algo sobre isso nos Livros Proibidos. Ainda sentia seu gosto na língua quando soltei, sem pensar:
– A gente se vê?

4 : Os cães do curandeiro de Caruaru

Queres quantas hoje? Tudo isso? Olhe. Tu precisa se cuidar, galego. Rapai. Quanto a mim a decisão não é de deixar a boemia, velho. Mas de ela deixar de mim. Tu não. Tu pode desligar algum negócio aí. Vê se não tem algum treco bráite oráite. Por trás do dente. Embaixo do suvaco. No lado de dentro do furico. Óa. Óa só. Ouvisse? Hum. Foi, foi. Andei tomando uns cactos. Tu sabe. Aquela balinha que tu morde o espinho e explode o esprito no céu da boca. Tratamento contra a dor. Essa que vem de um dentro que a gente não sabe de onde vem. Um zumbido nos nervos. E tu não pára quieto. Dançar nu e encoxar priqituim atrás do tanque e quebrar garrafas por tudo quanto é cabeça. Isso nos dias pares. Nos outros é só desespero mesmo. Cem vermelhas, cem azuis. Duzentas hóstias? Ah, pra menina. Rapai, cuidado com as mulheres dessa cidade, galego. Elas têm o veneno mais sublime. Óa! Olha só. Ouvisse o latido? Estranho. Ninguém nesse prédio tem dinheiro pra ter um cachorro não. Mas escute só. Ouve. Ouve. Outra noite. O controle, o teu controle. Tu já procurasse dentro da orelha? Atrás do joelho? Debaixo do freio do pau? No couro cabeludo? Óa! Foi, foi. Então. Escuta essa. Eu tarra bebo e meu amigo Podrinho me deu um cacto diferente desses que eu vendo. Dali tudo me encheu. Fui para casa e me sentei num sofá. A única coisa imóvel na minha frente nos últimos dez anos era minha parede azul, que com a cor de laranja desse céu ficava verde que só a porra. E nessa noite o verde tava lilás. Fiquei ali sentado olhando fixo a multidão de alfinetes pretos esvoaçando feito tanajuras em uma tarde quente de Caruaru. Daí os latidos. Óa, óa: ouvisse agora? Nem? Mas eu dizia. A multidão de alfinetes ia crescendo e tomando formas. Eu vi violinos, eu vi sombras flutuantes. E vi rabos e vi focinhos e plumas resvalando pelos meus pêlos, minha barba, meu cabelo, os fios que saem de meu nariz. Cheiro de mato, de cio e de tormenta. Meu queixo travou, eu me agitava, dei de salivar e respirar rápido. E detrás das cores da minha sala ensolarada eu comecei a ver cachorros por tudo que é lado. Cachorros subiam pelos móveis. Cavavam debaixo do tapete da sala. Saíam da cozinha, do banheiro, do quarto. Cachorros me lambiam e me cheiravam o cu e os deles entre si. Os cachorros latiam e mijavam nos pés das cadeiras. Os cachorros arrancaram a cabeça do meu Mojo e vieram me trazer os pedaços nos pés. Os cachorros comeram todas as comidas da minha geladeira e cagaram nos lençóis da minha cama, os cachorros chupavam o próprio pau e lambiam a própria buceta, os cachorros comeram minhas roupas brancas de médico. Os cachorros latiam e bufavam e peidavam e suavam. Os cachorros fodiam pela casa e os cachorros se esfregavam em minhas pernas ou então deitavam em cima dos meus pés pra dormir… os cachorros danados me aperrearam a noite toda. No dia seguinte comprei um pacote de ração canina. Vai que. É 500. Cospe aqui, Zed. Eita. Foi pra conta. Cuspe bom pra porra desse galego! Óa, óa. Preste atenção. Ouvisse?

20 : O fumacê do Profeta Elias

Toca a campainha.
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Vou até a porta, receoso. Não esperava por uma coisa dessas… acho que é a primeira vez que ouço a campainha tocar, desde que me mudei para este apartamento. O tempo todo ouço coisas do lado de fora de seu corredor, como portas batendo, ferros batendo, marteladas, latidos, vozes que me chamam para fora. Mas nunca atendo ao chamado, jamais abro a porta. Uma de minhas missões é cuidar de Hannah.
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Contudo não posso evitar xeretar o corredor pelo olho mágico. E nada – a não ser, em grande angular, o corredor amarelo, duas portas, uma delas com uma cruz, do lado direito; do lado esquerdo, dois extintores de incêndio vermelhos.
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– Estranho, Hannah… não era ninguém. Talvez fosse um desses garotos que tocam a campainha e saem correndo. Bom, vamos lá, deixa eu continuar a leitura.
– Põe um som.
– Scarlatti?
– Hum-hum. Você sabe mesmo agradar uma mulher, Fabrizio…
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– O cérebro dos coelhos é menor – disse Jason.
– Deve ser – disse Ruth. – Seja como for, ele adorava os gatos e tentava fazer tudo o que eles faziam. Até aprendeu a usar a caixa de areia deles. Arrancou tufos de pêlo do peito e fez com eles um ninho atrás do sofá; queria que os gatinhos ficassem lá. Mas eles nunca iam. O fim dele, ou quase, chegou no dia em que ele tentou brincar de esconde-esconde com um pastor alemão que era de uma senhora que veio fazer uma visita. Sabe, o coelho tinha aprendido uma brincadeira com os gatos: ele se escondia atrás do sofá e aí saía de lá correndo, correndo em círculos muito depressa, e todo mundo tentava pegá-lo, mas em geral não conseguiam, e aí ele voltava a se esconder atrás do sofá, onde estava entendendo que ninguém devia segui-lo. Mas o cachorro não conhecia as regras do jogo e quando o coelho se escondeu atrás do sofá, foi atrás dele e lhe deu uma tremenda dentada no rabo.

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A campainha toca outra vez. Vou ver. Em grande angular, o corredor amarelo, duas portas, uma delas com uma cruz, do lado direito; do lado esquerdo, dois extintores de incêndio vermelhos.
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– Quem será, agora?
– E eu sei? Eu só leio o futuro às cinco da tarde. Ainda são quatro e cinco.
– Mas ninguém jamais vem nos visitar. E a Divisão nunca disse o que fazer se alguém viesse.
– Espia no olho mágico, gênio.
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Um sujeito metido numa túnica branca, barba amarelada, olhos tensos, ninando um gato no colo, mostra os dentes.
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– Nunca vi mais gordo.
– Pega o seu laser, valentão.
– É mesmo…
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Hannah sempre sabe me desarmar.
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Mentalizo o revólver enquanto olho para minha Psico 5. Em segundos, um bastão metálico se materializa sobre minha mesa de deliverância. Uma legítima Parabellum .11. Emite um feixe de laser que cortaria até um turbocóptero ao meio. Pode alcançar uma envergadura de dois metros e pesa menos que uma folha de papel. Encaixo na mão direita. Um simples toque e o barbudo vai buscar a cabeça dele no meu capacho.
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Meus superiores na Divisão me haviam alertado da possibilidade de outro Agente vir me procurar. Não pensei que viessem logo, porém. Faz quase um ano que estou aqui e nunca saí, nunca ninguém veio, ninguém se comunicou. Me vem um arrepio quando passo o cartão na maçaneta e abro a porta e me dou conta: passei um ano sem ouvir uma voz humana.
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– Quem é você?
– Quem eu sou? Eu é que pergunto: quem, ou o quê, você é? Aliás, nem é isso o que eu quero saber. O que eu quero saber é onde descolo umas anfetas nessa cidade.
– Umas o quê?
– Umas anfetaminas, dammit. É impossível viver nesse mundo aquático sem isso. Essa cidade é úmida, pegajosa, varia de um frio glacial pra um forno crematório, ipês-roxos floridos pra cactos cadavéricos… Hummm… o que é isso que você tem aí na mão, velhão? Uma parabelo? É legítima? Adoro armas antigas… sabe, tinha um Colt 44 feito em 1860, durante a Guerra da Secessão, mas vendi pra pagar umas dívidas com meu dealer… Watch out!
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E jogou o gato em cima de mim. Assustado, segurei o bichano pelos sovacos. Quando percebi, o barbudo apontava uma arma velha pro meu peito.
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–… mas depois consegui reaver. – Tranqüilo, ele me mostra, todo orgulhoso, balançante, o pesado revólver. O gato se arrepia todo no meu colo. Em algum lugar da minha mente, pressinto Hannah rindo da minha cara, a maldita. Rangendo os dentes, o barbudo recoloca a arma por baixo da túnica. – Eu achava que os Agentes da Cidade-Olho fossem mais espertos. Mas você parece estar mais enferrujado que esse Colt. Não vai me convidar para entrar?
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– Ei, chefe, me tira daqui! Esse cara está se tremendo todo… vai que ele me derruba naquele aquário! Aquele peixe é grande demais para eu comer… – fala o… o gato. Ah, não. Um tubarão que conversa comigo por telepatia eu até engulo, mas um gato falante? Confuso, decido fechar a porta atrás do barbudo.
– Entre…
– Me deixe fazer as apresentações. – Pega de volta o gato. – Este aqui é o Fred Astaire. Nosso colega Mark teve de viajar e me pediu pra que eu cuidasse do bichano.
– Mark Sandman? Viajou? Pra onde? – balbucio, descontrolado. – Mas e você, quem é?
– Sou o Agente Elias – sorri. Tem um olhar profundo, parece flutuar por trás de mim. – Mas pode me chamar de Profeta: é meu nome de guerra na Divisão.
– Se é um profeta, então realmente somos colegas… – brinco. Ele tem um aperto de mão muito forte. Mas a mão treme como a de um viciado em speed. Ele range uma mandíbula sobre a outra.
– Um café?
– Claro.
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Vou à cozinha. Volto-me, hesitante.
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– Olha, me desculpe o mau jeito. É que faz tempo que não recebo visitas… – Pressinto a irritação de Hannah, por sacar que estamos fora do alcance de sua visão. E então me vem uma onda de alegria, de loquacidade. – Mas olha: eu me recuso a fazer café no estilo yankee, aquela água de batata que vocês bebem. Já que está na minha casa, vai tomar um café de paulista. Escuta, Elias, por falar nisso – enquanto ligava a cafeteira, tentava recobrar o domínio da situação: afinal, estava em minha casa –, que história é essa de anfetaminas? A Divisão deixa que os Agentes usem drogas dessa maneira? Desculpe tocar no assunto, mas você parece um pouco afetado…
– O mau uso das drogas não é uma doença, meu amigo – sorri benevolente o Profeta, puxando uma cadeira enquanto joga suavemente Fred Astaire ao chão. Puxa de dentro da túnica, que deveria ter milhares de bolsos ocultos, um cigarrinho e um fósforo. – É uma decisão. É como a decisão de parar na frente de um carro em movimento. Você não chamaria isso de doença; mas sim, um erro de julgamento.
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Por trás da névoa dourada que escapa da boca do Agente Elias, noto que o café ficou pronto. Súbito, percebo estar vestindo um pijama. O que me dá uma noção de irrealidade.
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– Mas para o que você usa isso? É vício? É para fugir da realidade? Nossa realidade, trabalhando para a Divisão, já não parece escapista o suficiente?
– Realidade, Fabrizio – ele leva a xícara aos lábios, mas, antes de beber, aspira densamente o aroma do café. Fecha os olhos –, humm – e sorve a bebida devagar, de uma só vez. Deposita a xícara de café na mesa e estende a mão sobre a minha. Sorri de novo aquele sorriso bondoso, mas que ao mesmo tempo parece saber algo terrível sobre mim, que eu mesmo não o sei. – Thank you very much. Não tomo um café bom assim desde que minha segunda mulher faleceu. – Faz uma pausa. – O que você dizia mesmo?
– Eu não dizia nada. Você é quem estava falando sobre realidade…
– Ah, sim, a realidade. Realidade, eu acho, é aquilo que, quando você pára de acreditar, continua existindo, mesmo assim. Ela se recusa a ir embora, quer você acredite, quer não. – Fred Astaire, que estava passeando pela cozinha, irrompe no colo do Profeta. – A ferramenta básica para a manipulação da realidade é a manipulação das palavras. Se você controla o sentido das palavras, controla as pessoas – que precisam usar as palavras. Você diz que eu estou afetado. Mas quando cheguei em sua casa, pensei que tinha errado de endereço e fiquei zanzando pelo corredor. Pude reparar que você tem o costume de falar sozinho. Se eu fosse uma pessoa preconceituosa, diria que ficou tanto tempo trancado aqui que já está ficando maluco.
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Sorri.
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– Pode parecer loucura, mesmo. Mas eu estava falando com a Hannah…
– Quem?
– O tubarão. É uma agente transmorfo, uma das maravilhas da Divisão, não sabia? Nós trabalhamos em conjunto para fazer as predições. Hannah fala comigo por telepatia. Juntos, somos o Oráculo.
– O único oráculo em que acredito é o I-Ching – Virou sua xícara de uma vez. – Sabe, antigamente a maioria dos meus conterrâneos tinham basicamente duas crenças: uma era que Deus estava morto e a outra é que realmente existiam diferenças entre as marcas de cigarros. Felizmente os norte-americanos já não estão mais no centro do Império. Ainda bem que vocês não têm esse tipo de preconceitos aqui no Brasil…
– Temos outros…
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Ele range os dentes.
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– Tem mais café? – Levanto-me para pegar o bule enquanto reconheço o aroma da fumaça. Skunk. Poxa, os Agentes andam pegando pesado. Elias pisca o olho, enquanto o sirvo: – Não, Fabrizio, olha, eu estava brincando. Conheço o trabalho de vocês… o Mark falou muito da dupla. Por isso vim aqui… – Adotou um tom de confidência. – Sabe, um de nossos Agentes sumiu, não sei se ficou sabendo. É ainda sigiloso…
– Quem?
– Zed Stein… Desapareceu completamente.
– Morto?
– Creio que não. Encontramos pistas recentes dele em alguns lugares… Londres, Istambul, Asunción, Hong Kong. O problema é que ele estava envolvido em uma investigação supersecreta – nem eu sei o que é –, e Mark está furioso com o sumiço dele. Aí, me colocou na caça. É aí que vocês entram. Preciso de uma predição em Zed para… para um dia, mais ou menos. Consegue? Hei, quero mais um café.
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Levanto-me para fazer mais, enquanto Elias solta outras baforadas.
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– Não tomo um café bom assim desde que… desde que a minha segunda ou terceira mulher se juntou aos Panteras Negras, acho. Aquela vadia. – Puxou forte a fumaça; Fred Astaire elevou sua patinha para o ar, na esperança de apanhar um dos círculos do fumo amarelado. – Mas, sabe, até que ela me fez um bem. Naquela época, eu era um burguês, como você, tinha minha casa, meu cachorro, meu Buick novo. A mulher me deu um pé na bunda tão forte que acabei indo morar na rua!… Isso foi ótimo: comecei a perceber que não existe isso de uma pessoa ser um vendedor, um cineasta, um encanador… somos todos, essencialmente, patifes. Você é um patife, Fabrizio? – Soprou a fumaça. – Mas por que estou falando disso? Desculpe, divago. Essa California Indica é mesmo muito boa. Comprei ali na Praça da República, acredita? Não quer mesmo um pega?
– Desculpe, Elias, mas não posso. Você sabe, meu trabalho está diretamente conectado com a Mnemomáquina – qualquer transtorno em minha memória pode desvirtuar minhas predições. Além disso, lembro-me vagamente de que fumei maconha quando era jovem, tinha uns 20 anos, e me deu uma aterrorizante vontade de morrer… quase tentei me matar. Estava no topo de um prédio, em uma festa, e fiquei sinceramente tentado a me jogar lá embaixo. Me deu paranóia, creio.
– Paranóia? Que engraçado. Sabe, colega, eu já tentei me matar, uma vez. Era garoto e sonhei que um cavalo tentava pular por sobre a minha casa; mas não conseguia, caía no chão e morria. Então, escrevi uma carta para minha mãe, dizendo que aquele cavalo simbolizava a minha vida, que não conseguia sair do chão. Quando vi, estava tomando várias pílulas de soníferos dela… aí, chamei ajuda pelo telefone. Isso me levou a crer que os suicidas na verdade não realizam o que estão fazendo quando fazem a besteira. Acho que nem Hemingway nem Kurt Cobain nem Hunter Thompson realmente não tinham a ciência de que iam dar um tiro na própria boca. Ao contrário do Burroughs, que praticou isso a vida inteira, aquele velho boqueteador. É mais ou menos como a morte da Gertrude Stein. Ela tinha operado um câncer, e ninguém sabia, antes da cirurgia, se o câncer realmente era removível. Então ela acordou, logo após a cirurgia, e perguntou para os médicos: Qual é a resposta? Ninguém disse uma palavra. Aí ela soltou: Qual é a pergunta? E morreu imediatamente. Acho que é isso: se ela não tivesse perguntado, não teria morrido, assim como Hemingway. Como num sonho, você imagina que sua vida acabou. Mas sempre tem um último segundo em que pode pedir ajuda, mover o rifle para o outro lado, ou simplesmente calar a boca. Foi o que fiz, e é por isso que ainda estou aqui.
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Não sei o que dizer. Fico só observando a barba falha de Elias, da mesma cor dos círculos de skunk, e tentando juntar as peças. Ele me espia com seus olhos fundos e oblíquos, solta uma risadinha e se levanta.
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– Bom, Fabro my darling, vou andando. Não se esqueça da predição sobre Zed Stein. Precisamos encontrar esse doidão antes que faça merda ou acabe soltando alguma informação… e aí, você sabe, teremos uma DR…
– O que é isso? Discussão de relacionamento? Isso eu já tenho bastante com o meu tubarão…
– Não, amador! – Ele riu. – Uma Delenda Ratio. Desligar seus circuitos racionais. Em suma, fechar seu corpo físico, sintetizá-lo em uma sopa de silício e torná-lo uma mera memória líquida para ser acessada por um HD da Divisão, ou como um morto-vivo para ser vampirizado e sorvido em colheiradas pela Psico5 de outro Agente… Algo muito triste. Mas você vai me ajudar a não precisar fazer isso com o velho Zed. Se você quiser me encontrar, é só mandar um recado através da sua Psico5. Vou ficar aqui na Cidade-Olho mais um tempo. Preciso dar um jeito nessa horrível dor de cabeça. Ouvi dizer que tem um traficante de anfetaminas, um tal de Doutor Apocalipse, que se finge de dentista, ou de proctologista. Me passe o reporte assim que puder, ok? Muito obrigado pelo café.
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Elias vai até o aquário e faz uma elegante mesura para Hannah. Ela dá um pique de lado a outro do tanque. Deve ter ficado com tesão, safada. O gato sobe no ombro do Profeta, que se despede com uma saudação budista.
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– Namaste.
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Fecho a porta e me volto para minha colega de trabalho. Nossa, já são quase cinco horas.
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– Vamos lá, Hannah… o Momento…
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Sento-me à minha cadeira e fixo o olhar no olhar do tubarão. O sol cai ao meu nordeste e invade meu largo apartamento de reflexos amarelos, alaranjados, lilales – e meus olhos tunem no Rubi.
Porém, o que vejo nas malhas translúcidas do corpo do grande peixe, em esgares e estrias entre negro e dourado, é um sujeito que lembra o ator Rutger Hauer, a me encarar, em grande angular. Não faz sentido. Alguma projeção da Psico5?
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O Momento se foi. O Rubi se esgarçou até se tornar a fuligem que banha as águas do tanque de Hannah.
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E então, como diziam antigamente, caiu a ficha.
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O Agente Elias é o autor das linhas que eu lia para Hannah.
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Philip K Dick.
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A voz do tubarão surge em minha mente.
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– Só agora percebeu isso, gênio? Está tão interessado em alta literatura que nem se dá ao trabalho de ver o retrato dos autores na orelha dos livros… eu percebi que era ele assim que entrou.
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Toca a campainha. Algo foi revelado, porém não compreendo.
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Vou até a porta, receoso.
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Ainda meio parvo, apóio minha testa na porta. Então quer dizer que K Dick está lá embaixo, em algum carro-barco, doidão de skunk, rindo de mim… ando mesmo enferrujado, como ele disse.
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Mas, no olho mágico, em grande angular, somente o corredor amarelo, duas portas, uma delas com uma cruz, do lado direito; do lado esquerdo, dois extintores de incêndio vermelhos.
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Giro as chaves na fechadura e abro a porta com raiva. No chão, no capacho, a sombra negra de um gato.
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Fred Astaire.
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– Está chovendo muito lá fora. O Elias disse que eu posso dar um tempo por aqui…
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Fecho a porta, ainda sem acreditar. O bicho passa entre minhas pernas e se posta na sala, olhando admirado para Hannah. Algo me diz que minha vida com esses dois bichos falantes vai ficar meio complicada.
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– Fique tranqüilo, Fred… a Hannah só come carne humana…

3 : Baby Gasoline and other songs

Sou a única versão dos fatos, você vai ter que acreditar em mim. Assim, creia: meu nome é Helena e eu adoro cheiro de gasolina. OK, você pode achar estranho esse início – desculpe; não sei me identificar como Helena H., 25, fotógrafa e garota-propaganda [você acredita nas legendas das fotos dos diários? acredita em noticiários? que aquelas coisas realmente aconteceram? Ou tudo não seria uma conspiração para anularmos nossos dias em detrimento de naves que caem no Paquistão, a última besteira proferida pelo presidente da corporação ou o novo holodrama que vai mudar a sua vida?], e sou uma mulher que não gosta de escrever usando esses handrands, sou estabanada, vivo quebrando as unhas nos controles; por isso escrevo à mão, e dentro da minha banheira, de preferência. Sim, estudei caligrafia, essa coisa arcaica, na época em que tatuei as rosas que decoravam todo o lado esquerdo de Salvia Divinorum… Não, esse início não está mesmo bom, mas estou tão nervosa – é a primeira vez que você olha para mim, seus olhos se apertando a cada letra dessa caligrafia flutuante como água, minha linguagem, buscando capturar você de corpo todo; e não compreendendo, talvez, que raios vim fazer na sua vida, quem sou, o que quero. Tudo o que eu posso dizer no momento é que meu nome é Helena H, que sou fotógrafa e que os pêlos da minha nuca se agitam quando sinto o cheiro de gasolina no ar, e que foi por isso que resolvi te escrever. Gasolina hoje que é tão cara quanto o perfume mais impossível. Se fosse antigamente, talvez quisesse só morrer e me mataria de algum modo idiota, já pensei em me afogar durante as tormentas de verão, quando os azaratones sobem pelos postes e pelos antigos prédios do século dezoito comendo os passantes vivos; mas pensava que em vez de mergulhar numa boca de lobo poderia é cair na boca de um azaratón então preferi virar outra coisa – outras coisas: ser muitas diminui qualquer solidão. Minha mãe, Anjelika Zapata, costumava contar as histórias do Grande Incêndio dos RGs que rolou lá faz quase quinze anos, eu deveria ter uns dez, quando as cirurgias plásticas e as metamorfoses orgânicas ficaram tão baratas quanto os passaportes no câmbio negro. Nascia a Era das Personalidades Intercambiantes, foi assim que a mídia registrou o fato – entanto, logo os fatos começaram a se dissipar pois os jornalistas também viciaram na coisa e passaram a assinar matérias com nomes cada vez mais diferentes e aí ninguém mais acreditava em nada do que lia; tinha sempre um novo impostor contando novas mentiras corporativas sobre política, futebol, comportamento, economia, cultura… Sim, eu li os Livros Proibidos… Você sabe bem disso, não consigo me esconder de você. Hoje, fico aqui falando com você mas sei que no fundo você sou eu – e isso é o que mais me irrita: mesmo com a possibilidade de sermos outros, continuamos falando somente para nós mesmos; como faziam os blogueiros do começo do século, máscaras em frente ao espelho, ao infinito… Preciso de uma bebida. Antes que eu invada um posto e peça pra me enfiarem gasolina azul nas veias. Foda. Ser várias não é pra qualquer uma.

22 : No Vale de Zuma

Tu já descobriu do que tu é cobaia? Deus é noise. Barulho preto, ruído branco, papo reto, pau a pau. Biciclopes, dildodeidades, homocangurus, meus bróders em faltas de armas… levantem-se. Sou Butthole Kongo, sou a soma de todas cores. Ou a ausência de nenhuma. Aqui no vale da Zuma todos somos zumbis afu na pilha de secar a lua cheia pra romper o plexo solar. A lâmina lavrada no batuque. Caçando a passagem submersa de Zuma, o vale do último gesto. Porque aqui ninguém mais agüenta a hora morta desse mundo, vamos soltar nosso leite-veneno.

Deus é noise é noise é noise. Levantem-se biblomilos, anões livreiros sem braços, supermancas, sereias tortas cheirando a mangue, tecnocentauros, possantes cadeirantes sem dinheiro pra comprar óleo pras engrenagens, gatas molotov com lixa na buceta, manos-catracas descartados pelas companhias de transportes, tias-esteiras despedidas dos supermercados, cicloboys caindo de velhos, detrás do capacete olhos solícitos no aguardo da última encomenda… Aqui agora se pacta a autosabotagem, a vingança mútua dos mutucas, o rito das mônadas que não deram certo, a brodagem no vacilo – tudo na crocodilagem genérica. Sob o noise o noise o noise dos tambores ungulados dos Vovôs Coisos.

Tu já descobriu do que tu é cobaia? Aqui estão os que ficaram à margem, comendo do próprio osso. Levantem-se, meus bróders nos lapsos da dupla espiral, os inventos que ninguém mais quis, paridos em baias, dentro de tubos de ensaio, numa boca-de-porco genética qualquer. Levantem-se, meus bróders, patrícias-lacraias, douglas aquosos, mademoiselles mengeles – ah, deliciosas, rebolando o seu implante caudoneural, cantando em línguas arcaicas pelo cu… Vocês, um tesouro de genes recessivos, um estádio de freaks prontos pro veneno. Sim, foram dilapidados de credo – mas não de medo. Medo não tem segredo. Única força ganha na rapinagem.

Tu já descobriu do que tu é cobaia? O vale do último gesto, berço da minha experiência. Fuleiragem sem folia, a dança das carcaças ensaia seus passos na clareira aberta por meteoros. Tudo que é doença aqui se recicla em eletricidade. Uma usina de extertores, Zuma. Ouve-se por quilômetros o roar dos Coisos que se suicidam… um grave formado por batidas de crânios contra peles de ex-humanos. Tudo aqui nasce sem longitude nem latitude. Um casal de cada ímpar fode-se e se crava a lâmina no peito. Amor é essa arca inversa, um do outro, zero a zero. Enquanto se fodem e se fodem, eu preparo o difusor da Palavra. É só um nome pra um veneno, como outro qualquer.

Deus é noise é noise é noise. Zuma é o vale do último gesto. O que cria o homem. E é esse gorila albino que vem trazer o conforto? Sim, vou ser seu Messias, vocês que perderam o sangue. Que nem pensariam em honra. Aqui não tem tempo pra dramas ou árvores secas. Onomatopéia aqui é luxo. Mesmo os cegos escoam luz pelos olhos. Quatro ruas levam ao círculo onde se recolhe o sangue dos mártires de laboratório. Aos poucos, se forma um lago nos Quatro Cantos de Zuma. Um poço suga a doença e a leva pro mar. E é pra lá que eu vou levar minha mochila de sacanagens.

Tu já descobriu do que tu é cobaia? Faz cinco anos os Coisos chegam aqui só pra morrer. Mas de hoje em diante o sangue vai correr de volta pras suas veias. Porque o homem só se conhece mesmo é no fim. Verto o veneno sagrado na vala de todos os sangues. A Palavra vai chegar aos seus corações, mas fala num dialeto que desconheço. Porque não tem tradutor pro medo. Entre cascatas de ruído branco, os Coisos vão se levantar às cinco da madruga. Uma única estrela sobre as escarpas das quatro montanhas que velam o Vale de Zuma. O rio subterrâneo que flui da lua pro mar. A Palavra se ligará em todos os fluxos. Meu trabalho é lento, sem descanso, mas é reto. O poço reflete rubros meus olhos. A lua. Uma nuvem. Daí, mergulho. Butthole Kongo. Sou só um mensageiro. Das novas vozes dos Coisos, meus filhos. E sumo.

21 : Como amar uma soldada judia em 2027

Rachel entra em casa silenciosa. Ela pensa que não. Mas eu sempre acordo quando minha mulher chega. Eu finjo. Fingir é nosso método, é o que nos une sob mesmo e outro uniforme. São seis da manhã. Ainda escuro. Quente já. Passei a noite toda escrevendo. Imaginando-a na sentinela, meus pensamentos perseguindo os anéis da fumaça do seu vigésimo cigarro. A Uzi feito um cão sobre seus pés dormentes no frio dos coturnos, o metro por metro que lhe adelgaça e espessa os músculos, a janela que é penteadeira para a sua vaidade insular – as rajadas, a música da caixinha em que ela, bailarina, ensaiaria seus passos de ganso. Esta noite passei escrevendo poemas sobre meu deus, meu paraíso, meu inferno, sobre a ponte que separa os dois abismos e os túneis de Rachel. Nós indissociáveis de minhas fibras. Eu sinto o odor de seu uniforme e a ouço riscar os fósforos para o penúltimo cigarro do dia – sempre fuma um antes do café, e outro antes de dormir, pouco antes de sua língua nitotinada vir brincar comigo. Primeiro mandamento: escova mil vezes os ruivos cabelos de tua amada tão logo ela entre em casa. Poemas sobre o muro que nos habita, sobre os cabelos que crescem dentro do coração e sobre o cheiro forte que as dobras judias de Rachel deixam em minhas digitais turvando-me os olhos sobre os caracteres que desenho de trás para a frente, de baixo para cima, sempre para cima – minha escrita ascende aos céus incorporando-se ao fumo do meu haxixe. E sinto as solas dos coturnos que avançam mornos e sujos sobre meu peito, marcando-me com chicletes, cigarros e os mijos das cascavéis da tríplice fronteira. Faz tempo que não chove nessa maldita cidade. Aqui só bombas. E o pior é que gosto disso. Segundo mandamento: conhece a densidade, o aroma e a cor da graxa dos sapatos da tua mulher como sabes da sombra de teus líquidos mais interiores. Escuto Rachel ligar o filtro de água, escuto as bolhas de ar em seu copo, escuto a água descendo por sua garganta – bebemos a mesma água já faz uns anos. Isso não pode continuar. Em breve, minha prima e amada Rachel vai perder seu emprego por mim, eu, o poeta barbudo oculto debaixo de sua cama, aquele que só vive à noite. O nariz de minha prima feito uma linha do horizonte na miragem do deserto de Hebron, deitado parece uma montanha raquítica do Sinai. Quando a vi a primeira vez, Khaled Al-Zahhari havia me mandado passar um recado para os nossos em Haram el-Sharif. Mais uma ação de rotina. Ela fazia ronda perto de uma delegacia que havíamos explodido duas semanas antes. Seus dedos se alongavam no fuzil e as mesmas nuvens que haviam deleitado os profetas cambiavam de cor lá no interior de suas pupilas enquanto ela me fixava o olhar – ou seria o haxixe que meu amigo Sah Men-Ezz tinha me dado faria efeito demais? Terceiro mandamento: mantém tão brilhantes as fivelas do uniforme da tua amada quanto as lâminas em que afias tua vingança. Claro que não posso escapar da minha sina – do meu pau que demarca cada vez mais latifúndios nessa selva de paredes e línguas arranhadas. Chupões no pescoço, coceiras nas virilhas, mordidas no dorso da mão denunciam os outros quintais por que me aventurei: Rachel somente vê e me diz, grave, que dez dos nossos foram abatidos hoje num bairro qualquer da sagrada cidade. As outras são ninharias. Aqui se morre na mesma xícara de café, minha mulher bem sabe disso – ela me solta pra ter-me cada vez mais preso. Quarto mandamento: foder de abismo em abismo é tua salvação diária – mas lembra-te, os três abismos da mulher amada é que elevarão à glória de teu deus, um após o outro, até, trinta e três vezes três, chegarás ao conhecimento do centésimo nome de Deus. Rachel tira devagar suas roupas pesadas do pó amarelado da terra por que brigamos há centenas de anos e eu me viro na cama e abro os olhos e contemplo seus seios epicamente esféricos e me lembro no ato da pizza que fiz para ela e que agora repousa resfriadamente kasher dentro do forno de microondas. E sei então que vou ter uma comoção porque Rachel vai olhar para mim e fazer aquele sorriso por saber que cozinhei para ela e vai se voltar na direção da cozinha e eu verei suas costas magras se aproximarem, gêmeas carnes exatas como os minaretes de uma mesquita de Sarajevo, seu ventre em breve um domo dourado, e estremecerei, por me lembrar do que faremos – e por me lembrar do que faremos em seguida. Me lembrar de para o que o Fazedor nos fez. Nos comer como cães. Por todo o dia e meu cansaço e os tiroteios dez andares abaixo. Quebrar todas as correntes para chegar perto dela. Tantos cadernos que rabisquei para me manter pensando só em Rachel, e uma outra anotação faz com que o Fazedor leve minha face para o azul de nosso paraíso – somente tento ser feliz, e outro sorriso falso esboço, ah, Allah, como sei, como sinto que só o Fazedor pode fazer de mim alguém feliz, mas de vez em quando nos mordemos como cães, e nos comemos como cães. Quinto mandamento: alimenta tua mulher como uma ave a seus pássaros, como um inimigo dissolve rancor sobre as raízes das árvores secas dos teus antepassados. Qual de nossos profetas antevirá primeiro nosso fim? Os ruídos que ela agora faz na cozinha, o tridente e a lâmina, azeitadas pelo meu óleo, se batendo no meu leite, no meu trigo, nos frutos vermelhos do meu corpo – sua fome sobre minha terra nunca termina. E o fogo em meu kiff ilumina o quarto se refletindo como um fantasma amarelado no dorso da Uzi que ela abandona ao lado da bolsa onde guarda o batom, os poemas que lhe escrevo, o pouco dinheiro que nos resta, as ordens que tivemos, um lenço, um cartão postal da Sérvia, uma bala de revólver prateada com nossos nomes, um player de música, um plástico que envolve frutas secas, sua cartela de anticoncepcionais. Esse quarto está caindo aos pedaços. Nós não estamos muito melhor. Mas pelo menos somos nós mesmos que acionaremos o botão vermelho da firma de demolição. Sexto mandamento: amarás os pés inchados da tua mulher quer eles estejam acima ou abaixo de ti. E que tuas risadas lhe transbordem o cenho, lhe transtornem o senso. Eu dizia a ela que era uma judia falsa. Que descendia de ciganas judias sérvias há centenas de anos – seu porte não poderia jamais esconder. E os mosquitos comiam meus braços – os pernilongos nunca acreditam se você diz que é sangue ruim. E nós somos um povo do deserto. Nós gostamos do terror. Nada do que é humano pode nos ser indiferente. Prezamos a deserção solar, a comunhão com o fogo. Dizíamos isso antes dos romanos, e pouco depois dos babilônicos, e continuamos a repetir o mesmo, através dos séculos. Incendiar templos está em nosso sangue, tão logo criamos nossos deuses com frutas secas e miragens. Sétimo mandamento: prezai o vidro moído na salada de frutas. Rachel comia a pizza de mussarela e manjericão com o olhar tremulando na luz do meu kiff, por trás da névoa esverdeada, a corrente prateada com sua identificação dupla pendendo do pescoço, cada lado para um deus, cada aréola de seus pequenos seios um diverso planeta. E me lembrei de que ela estava grávida. Que nome daríamos para o filho? Oitavo mandamento: deixar que tua mulher te penetre com ácido e açúcar, até que tua carne rija a leve para dentro de si mesma. O cheiro da comida me lembrou que estava vivo – mas o cheiro do suor de Rachel me lembrou de como seria minha morte. Teríamos somente mais cinco horas pela frente, talvez, nós três. A última refeição seria este nosso fatiado e fatigado café da manhã, com o café que ela agora preparava, o café turco que tanto gostamos de beber antes de nos enfiar nesses lençóis enroscados como duas cascavéis, até trocarmos um de pele com outro, nossas línguas brigando e comunicando nosso fim e nosso começo. Viver longe, viver uma vida além de qualquer Messias, de qualquer Profeta ou Fazedor qualquer, um inferno nosso particular, nossos nomes na história pobre de três tribos ridículas. Nono mandamento: tudo o que amas destrói, destrói tudo para amares o nada que seja – e te lembras disso quando dançares na sala com tua mulher, a cada passo, a cada tropeço. As bombas de antraz estavam preparadas já antes do café, ali em algumas mochilas ocultas sob a cama nossa de toda manhã. Em duas horas, Hossein e David deixariam na garagem a van que nos levaria ao reservatório de água dessa cidade seca. Apago o kiff e penso que em breve não mais existirão mentiras de Jerusalém. Em breve só existirão Rachel Pillstein e Hakeem Husam al Dim… e somente os muros, os minaretes, os arames farpados, as ruas estreitas, o ar espesso e turvo de sangue. Massageio os pés de minha mulher, os aproximo de meu ventre, de minhas faces, abro minhas narinas para deixar entrar em meu corpo o cansaço que sua caminhada exala. Décimo mandamento: concordarás com tua amada no instante em que ambos forem anjos. Bebemos nosso café. Acordamos para o que há por vir… mas antes, observando atento seus maravilhosos dentes, nuvens de leite sobre mim, não posso deixar de notar que Rachel tem covinhas nos cantos dos lábios quando sorri.

2 : Sandiliche has left the building

Sumiu. Sumiu, ejo sumiu…
Who sumiu?
Sandiliche…
How tipo, Sandiliche sumiu, ou nem?
Sumiu, ejo away… Pegaram ejo…
Who levaram?
Os do ladolá… Trangers… Milícios… lo sé no manita…
How tipo?
Tinha unos panos black… a faixa tipo lo peito…
When, when?
No lo sé, jo todavia tava travesseiro…
Hum, então viu how?
Lo sonho…

Bela suspirou e olhou por trás do irmãozinho funguento para o rio de brancos copinhos de plástico. Ali onde estavam, o estuário havia trazido uma geléia de isopores, garrafas PET, mijo de pilha, latas de alumínio amassadas, ferros retorcidos sob uma nuvem de sacolas de plástico de supermercado que voavam em redemoinho ali, exatamente ali. Para aquele afluente do Tietê eram desviados os metais, os isopores e os plásticos, que receberiam, alguns quilômetros abaixo, tratamento de uma usina de reciclagem. Entretanto, por algum motivo, ali naquela curva do rio sujo somente copos de plástico boiavam acima do curso do lixo, em camadas e mais camadas de cores que iam do marrom cocô ao branco gelo, de baixo para cima – volumes tão grandes que às vezes no meio do curso pequenas ilhas somente de copos se formavam. Numa noite, numa dessas ilhas, a uns duzentos metros do barraco, encontrou o irmão nu, os olhos azuis demais luminosos. Teve de resgatá-lo com um barco do dono do Lixão, escondida – se o dono visse, babau. Quando o tirou de lá, ele explicou que havia chegado à ilhota conversando com seu amigo Sandiliche, e que o amigo tinha saído pra comprar um picolé. Pero ejo num volveu, tremia ele no frio da noite lilás. Nunca soube como Luki tinha conseguido escapar das correntes e chegar tão longe.
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Desta vez, parecia que realmente Sandiliche havia ido embora. Melhor assim. Bela não suportava mais as histórias que Luki contava tendo Sandiliche como protagonista. Ele tinha cinco anos, poxa, estava na hora de parar com isso. O sol mal havia nascido, tornando sua casa de teto de zinco um forno – fincada em uma palafita há cinco anos, um metro acima do esgoto semovente, a casa era um barraco de dez metros quadrados, varanda, sala/cozinha e banheiro. Um luxo para somente duas pessoas. Como trabalhava na usina sanitária, o casal de irmãos não era incomodado. Daqui a pouco ela teria que sair pra pegar no pesado na usina subsidiária da Companhia das Águas Ocidentais. Estava morrendo de sono, e de manhã sempre gostava de tirar alguns minutos contemplando a maré-balé de copos de plástico – como se o dorso de uma grande baleia cuja pele coalhada de cilindros… Ver o dorso de baleia a acalmava; era um jeito de sentir que seu trabalho até poderia ser bonito, sua vida até que tinha uns segredos belos… ser um Coiso não seria afinal assim tão ruim. Só que Luki tinha acordado mais cedo que devia e perturbava sua meditação matutina. Levantou-se, fez uma carícia impessoal no cabelo louro do irmão resmungante e foi pro fogo aquecer uma gororoba pro desjejum. Tinha achado no lixão umas latas de leite em pó, não aquele de azarato, horrível, esverdeado. Mas logo iriam acabar. Misturou o leite com um troço vagamente parecido com chocolate, meteu no microondas, em cinco minutos estavam bebendo e mascando farelos de farinha, a espiar o estuário feito dois milionários e seus drinques à beira de sua piscina azul – uma piscina, haveria mesmo piscinas no mundo, como ela havia visto as imagens? Ela estendeu o braço e apertou o ombro de Luki que ainda sofria com a perda de seu amigo, puxou-o, brusca, numa desafinada carícia. Os dois irmãos juntos, os dois únicos habitantes daquela minúscula e esquecida parte do mundo, daquela solitária casa de papelão, tijolos, chapas de alumínio e zinco naquela sortuda ilhota do estuário dos copos de plástico duzentos quilômetros a nordeste do centro da Cidade-Olho – onde as coisas começavam, enfim, a ficar um pouco secas.
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How lo sonho?
Hum, teve barulhão, bum! E los trangers volando e…
Explosión?
Hã hã, e ejo caiu chão, tum, bateu cabeza…
Machucou?
Drumiu… daí los milícios el lo comedor…
Era lo comedor, sô?
Era… ejo bebia sopão…
Tava solo, ou nem?
Num, tinha o bróder, ejo iu, ficou solo aí… de entón, bum!
E tu?
Fora, fora jo… solo vendo…
E después la explosion?
Num, aí jo travessero de nuevo…
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Bela suspirou outra vez e puxou para trás os dreadlocks esverdeados, amarrando-os num rabo-de-cavalo que parecia uma cachoeira de mandacarus. Sentia que já acordava exausta. E com aquela dor esquisita no útero.
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Bueno, manito, entón se acabou Sandiliche, vida tipo, vida tipo todo bien.
Num, manita… tem que achar…
Achar who?
Sandiliche, ejo malo, ejo machucado… los trangers cataro ejo…
Si si, mismo, Luki. Pero no agora, sente? Manita tem que trabalhar. Tu acá, tu acá, todo bien?
Num, quero ir tu com…

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Lágrimas vazaram dos olhos azuis de Luki. Passou um pensamento nublado pela mente da irmã, um azaraton branco, mas foi um segundo só, e logo ela o espantou para catar a rotina nas unhas. Bela pegou a corrente de aço, passou o elo pelo pulso esquerdo do irmão. A corrente tinha uns dez metros: o perímetro da liberdade do pequeno de cinco anos. Pelo menos por enquanto – ano que vem já iria com ela para a usina, separar lixo, organizar, administrar, trabalhar. Beijou-o na testa.
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Num pode, fica acá. Manita traz los gostosos de la noche, espera. Sandiliche todavia volta, volve… voy…
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Enquanto desamarrava a pequena lancha de um dos troncos que sustentava sua palafita particular, ainda ouvia os muchochos do garoto. Mergulhou os pulmões no ar de mercúrio e chumbo e plástico, ligou o motor de popa do velho barco e partiu, acenando.
.
Na janela, Luki espiava a irmã afastar-se no longe dos copinhos de plástico. Unhou de leve a grossa algema no pulso, ela foi esquentando, esquentando, amolecendo… Aí, clic, se abrió.

7 : Butthole Kongo é um cliente especial


Deus.
Deus danou-me. E danou-se.
Get uppa.
Deus me jogou nesse mundo embalado num saco de lixo e folhas de uma revista de celebridades do ano anterior. Tive que cortar caminho na porrada. Nasci num 29 de fevereiro. You got to have the feeling as sure as you’re born*. Era Mardi Gras em New Orleans. No leito preto e enterrado do que tinha sido o Mississipi. Na lama seca do sertão que tinha virado o Bairro Francês. Batizado com barro vermelho no cocuruto por um pai-de-santo que me chamava de macaco bundão porque tenho o cu grande e pretopeludo. O resto é tudo branco. O que inclui minhas bastas suíças. E meus bem-cuidados dreadlocks.

Lembrava disso estupidamente aquela tarde em Buenos Aires. Estava ali numa pequena agência do banco WB$. Comendo sossegado minhas empanadas de jamón y queso. Pensando num golpe pra aplacar a sede e a fome por malaguetas y uvas syrah y ojos de bife de mi amada hostess Anjelika Zapata. Eu estava ali parado.
Stay on the scene.
Parado na encolha medindo um velho americano de agasalho esportivo movimentar sua conta bancária no caixa biônico. Parecia que tinha problemas em autenticar sua senha via digital e via íris. Tentou a via salivar. Introduziu na fenda um filete fino e esverdeado, envolto em bolhas de ar. Rios de suor na testa cheia de parênteses arruinados.
You give me the fever ‘n’ a cold sweat.
O caixa parecia não ter sacado o lance. Ele ficou puto.
Get uppa.
Soltou na escarra-senha outro cuspe. Mais outro. E então um guspo meio sanguinolento. Começou a cavoucar dentro o ranho. Arrancou das catacumbas das vias aéreas um catarro grosso.
Son of a bitch! Son of a bitch!, ele grunhia. Numa bosta de sotaque do Ohio que o parta.
Yo bastard bloodyhound from hell! Show yourself. My money motherfucker of God!, ele conjurava e cuspia. Então mandou um soco na tela.
Get uppa.
Dirty nigger son of a bitch! Smelly pussy of a damned cow! By all my fuckin’ nuggets!
Eu só na miúda na esguelha. Comendo sossegado minhas empanadas de jamón y queso. Stay on the scene. Parou. Lembrou súbito da leitura anal. Virou, abaixou o cuecão, suspendeu a bunda, se arrebitou, arreganhou as pregas, fechou os olhos. Yeah. Shake your moneymaker. Concentrou.
What about that you screwed jew? Kiss my ass yo motherfucker!, e mandou uma bufa.
A máquina nada.
Aí o véio se emputeceu de verdade.
Get uppa.
Voltou babando, os olhos cinzentos pulando dos furos da cara. Abaixou a calça. A máquina ia ler a sua porra? Essa eu queria ver.
Vasculhou lá nos confins um pau engelhado do tamanho de uma unha. Deu um soluço fundo. Pensei que ia implodir. Começou a mandar uma punhetinha. Necas. Então a cabeça avermelhada toda. Zoou. Escancarou o bocão e mandou um vômito. Um jato amarelo como nata ordenhada de uma jumenta. Tão fedorento que me enjoou todo e larguei minhas empanadas de jamón y queso. Não fico mareado fácil. Sou do Bairro Francês de New Orleans. Vim de onde já não mais existe.
Get uppa.
A máquina não decriptografou o vomitão do meu compatriota. E fazia tempo que eu não via ninguém do meu país. Ele me lembrava o que mais eu odiava na América. Nesse pobre véio em busca de sua graninha. Me deu compaixão. Minha pátria não tem fim. Vai demorar séculos pra exterminar nossa raça desgraçada.
Get on up.
A máquina disparou a apitar. Deu dez segundos. Do nada surgiram dois milicos de preto, a faixa branca atravessada no peito. Lhe deram um sossega-leão com um phaser paralisante.
La casa cayó, vovozito**!
Um deles lhe tascou um idecoder nos olhos. Plugou dentro dos peludos ouvidos do old papa duas sondas metálicas. Arrancou a língua branca da boca dele. Prendeu ele todo num hipermegaclipes. Os ralos cabelos do gringo se arrupiaram feito neve ao contrário.
Viejo hijoeputa, vagabundón ducaray!
O milico leu o nome do doidão numa palma da mão iluminada. Bradou alto e monótono pra ele.
Eres Josef Smith! Tu cuenta es bloqueada, pendejo!, disse um.
Tu no pagó los derechos por tu identidad, cabrón safado! Ahora estás en poder del Instituto Tierra de Nunca!, disse o outro.
Perdió los derechos economicos, playboy! Tienes derecho a calarte e llamar tu avogado o tu puta mamazita! Pero tienes dos horas hasta el tribunal!, disse um.
Josef Smith! Fodió! Tu hé perdido tus derechos economicos, comprende, loko? Te levarán a julgado en el Territorio de los Cosos! Fuera de Buenos Aires! Fodió!
Virou maneiro e mandou pro outro.
Bobby! Should I take ‘em to the bridge?
Go ahead!, respondeu o outro. Take ‘em on to the bridge!
Should I take ‘em to the bridge?, o milico bonzinho inquiria o colega.
Yeah! Take ‘em to the bridge!, pedia o outro.
O velho uivava.
Go ahead! Hit me now!, e oferecia a bunda. Don’t take me to the bridge!, batia nas próprias costas. No! No! Never a Thingo! Never a Thingo! No! Please! O Mercy! O Lord! O my Lord!
Get on up.
Naquela taquara rachada que era sua garganta me lembrei dos blues fudidos de minha cidade. Me deu um treco.
Get uppa.
Eram só dois guardas. Dei um murro simples com a mão fechada no cocuruto do que apontava o phaser. Ele desabou no chão feito um ovo mexido. Quando o outro virou pra mim dei uma carga bem na boca dele.

Cretinos administrados. Cretinos a soldo. Cretinos ciosos. Cretinos biônicos. Cretinos da rotina. Butthole Kongo os libertará de todo o mal.
Right on.
Right on.
Fucei no cinto do milico caído. Fiz o phaser. O do colega também. O véio me olhava fixo. Mas o corpo todo tremendo.
Hey man, whassup? Relax!, eu disse. One, two, three, four!, estalei os dedos com swing. E mandei um moonwalkin’ ali mesmo no banco, rodopiei num giro horizontal e dei um requebrado sutil. Eu tenho a manha, compay.
Talvez o véio nunca tenha visto um gorila albino dançar. Talvez nunca tenha ficado sem dinheiro. Talvez nunca tivesse escutado um compatriota em Buenos Aires. Talvez estivesse apenas agradecido. Certamente ia me foder na primeira chance. Aos poucos um sorriso de dentes amarelados lhe roía a fuça.
Nojo. Nojo da gratidão. Da pena. Da comiseração. Da perda. Do puxasaquismo. Do perdão.
Get uppa.
Get on up!
De um só golpe com o phaser arranquei a cabeça dele. Que fui esmigalhando e enfiando aos pedacinhos na escarra-senha. Na via das dívidas. Por via das dúvidas cortei fifty-fifty os outros dois com o lindo feixe verde da arma. Phaser bom pracaray. Esfreguei as línguas dos milicos no caixa eletrônico. E lhes afanei os sagrados soldos da Milícias Amigas Unidas. 500 contos livres.
Stay on the scene.
Like a sex machine.
Armado e com dinheiro. O Lord. Os venenos do mundo ainda não conhecem teu antídoto.
We got to get it together.
Um dia em que você corta três cabeças é um dia ganho. Quem dá aos pobres empresta a Deus. Minha Anjelika vai ganhar um belo jantar hoje. Butthole Kongo. Nascido do barro de New Orleans. Curto e grosso. Lutando pelo seu. O macaco do desbloqueio. O campeão das suas economias. O homem em síntese de banana.
The way I like it. Is the way it is.

1: Sonhariam os tubarões com pretinhas elétricas?

Nós velamos o sono da Cidade-Olho.

– Bispo ali, ó, na terceira, você sabe onde.
– É? Tolinha. Xeque.
– Merda. Sempre me saio mal com as brancas… Tá, cavalo na quinta.
– Mate! Bom, vou dormir…
– Fica mais um pouco!
– Não, Hannah, chega! Hoje, vou sonhar. Meu trabalho…
– Ah, humanos. Como se cansam fácil…
– Fica reclamando muito dos humanos que eu escondo teu estoque de pretinhas… E aciono minha mesa e baixo uma latinha de Bonzo. Você come qualquer coisa, mesmo, sua vadiazinha.
– Grosso. Tá legal, vai dormir…
–Ah, ficou bravinha, é? Tá legal, não suporto ver mulheres chorando. Só mais uma…

Quando nasci, Hannah já estava aí. Assim como as minhas rugas. Minha face picotada em espirais – derme de melanina zero, depois do acidente –, na testa cinco fileiras de parênteses, indicando as entradas nos permeios dos cabelos brancos. Meu perfil romano que remete a um Calígula de bairro, louça rachada. Sou um médium, uma moeda, mero escravo, enfim. Tive de acreditar no que me disseram: que sou monitorado 24 horas; que meu trabalho é entregar uma predição por dia; que sou um Agente há vinte anos, e certo dia tive um acidente e perdi minha memória; e que não posso me encontrar com esse passado, se não morrerei novamente. Então, quando nasci, Hannah já estava ali. Onçando-me.

– Xeque mate.
– Você leu minha jogada nas minhas costas.
– Nada disso. Eu não trapaceio…
– Como posso ter certeza disso? Sou eu quem está presa aqui, não você.
– Eu também estou preso, esqueceu?
– Você não passa de um bunda-mole.

E escapou para trás dos sargaços do canto esquerdo do aquário, onde ficou ondulando para baixo e para cima, de leve, mas sem parar, como fazia quando estava irritada. Até mesmo tubarões-tigre hermafroditas e videntes têm necessidade de alguma privacidade. Apago o xadrez na mesa de deliverâncias modelo Psico 5 e penso no que fazer em seguida. Apesar da rotina entediante, feita de predições, conversas mentais com o grande peixe e comunicações de emergência com os outros Agentes da Divisão, sempre acho alguma coisa pra me divertir.
Do outro lado do aquário – inteiramente colado à janela deste apartamento de dois andares –, suspensa no topo do edifício do Banco, há uma porta branca, iluminada, fria, trêmula luz na água, como se suspensa sobre a Cidade-Olho, entre os ruídos dos carros, dos ônibus, do vôo dos helicópteros, aviões, urubus, e os assassinatos lá embaixo; seriam somente uns vinte e cinco passos até ela. Mas, entre nós, há Hannah.

O tubarão-tigre que é a emanação da Mnemomáquina.

Filmes preto e branco do século 20
Ligada às águas da Cidade-Olho, a MMM controla a memória do oxigênio e do hidrogênio – e, assim, tem acesso a seu futuro. É o triunfo da magia da Divisão. Talvez, o que nos une, quem sabe. Segundo o Evangelho do Sentido, estamos, Fabrizio Fabrizzianni e Hannah, protegidos do inferno lá fora em uma concha de cristal que vaga pelas microondas do Caos – Moby Dick e Ahab numa só embalagem. Mas é seguro aqui, e tem alguns confortos. Enquanto degusto uma lasanha aos quatro queijos que baixei do Gigetto, um restaurante que havia nas redondezas – século passado –, sempre mando uns filmes na minha Psico 5… Quando não tenho o que fazer, desço, digo, subo, aqui para o trigésimo segundo andar do meu edifício, uns filminhos recombinatórios.
Gosto muito de Casablanca, taxem-me de neobrega ou seja lá que gíria nova exista [é difícil aprender as gírias de agora, já que a Divisão me proíbe de sair e andar nas ruas, mas afinal, minha crônica fixa esse texto em um lugar determinado do tempo; e é este o meu gol, arpoar o tempo e puxá-lo para dentro do navio, expor-lhe as entranhas, fazer hambúrguer de sua carne, torná-lo tão cotidiano quanto um pão: um pão em sua mente nunca poderá apodrecer], mas adoro fazer o Rick ser obrigado a vender seu bar para traficar armas com o general Rommel de sua base no deserto da Etiópia, onde, pouco antes da derrota do Afrika Korps, quando Bogart encontraria ruínas de um templo dedicado a Rimbaud – um dos mais antigos Agentes Não-Lineares, vocês sabem –, assim como também me divirto em mandar Dooley Wilson escorrer outro chupão na prexeca da Ingrid Bergman

– Play it again, Sam.

, levar seu piano para abrir um puteiro com a ex-madame Lazlo em Casablanca, onde às sextas-feiras, à meia-noite, aquele capitão Renault finalmente soltaria a franga sob seu bigodinho para se transformar na drag queen Sodorra, uma freira que costuma fazer strip até virar uma rainha diaba, e depois ficar totalmente nu, só de tapa-sexo, no show Sodoma e Gomorra no Deserto, tudo isso ao som da Marselhesa, claro.

Depois que escrevo isso, me vejo olhando fixo para o sexo de Hannah.
Esse clasper não combina com ela. Os diretores da Divisão deveriam ter lido mais sobre mitologia grega e simplesmente batizado o tubarão com o nome de Tirésias, pra que o bicho se conformasse com sua ambigüidade… Assim, quando quero irritar Hannah, lembro de seu duplo clitóris gigante, e a chamo de Otto. Ela fica puta. Mas pensem bem, se estamos só eu e esse tubarão andrógino nesse aquário, quem mais eu poderia encher o saco?
– Vá brincar com suas barbataninhas pélvicas – sussurro pra ela. – Se não, vou morder você toda, arrancar pedaços de suas malhas e lambuzar você com gel de plâncton tailandês transgênico que os albaneses lá embaixo vendem nos mercados negros, sua menininha suja…
Ela se esconde por trás dos sargaços, envergonhada, ou com tesão: nunca se pode compreender os tubarões adolescentes… Algum tempo depois, também eu fico sem graça. Lembro-me de que sou um velho de quase sessenta anos, preso nesse apartamento no velho edifício Copan, na moribunda São Paulo, assistindo a filmes velhos e fazendo piadas com um tubarão enquanto tento emular as gírias de lugares onde jamais poderei ir.
Enquanto escrevo isso, vem uma tristeza e resolvo apelar para uma rádio que toca velhos blues. Vocês sabem: aquele tipo de música que se ouvia muito na primeira metade do século passado.
E aconteceu uma coisa estranha.

Pacto com o passado
De tempos em tempos, se ouve o slogan da emissora acompanhada de sua vinheta, Crossroads Radio One, uma rádio de New Orleans, aquela cidade que havia na Louisiana antes da Grande Glaciação de 2035. Mas nunca se sabia quando – não havia uma hora certa, era uma coisa totalmente aleatória, vinda de um arquivo randômico dentro da gigantesca máquina-música de uma rádio desaparecida há dezenas de anos, quando ainda se usava a internet, a estação remanescendo nas raras falas do locutor que já teria morrido, hoje rediviva em minha Psico 5. Mas percebi que, como era meia-noite, supunha-se que surgisse o tal Mestre do Caos, atrás de pactos com o Sentido, conforme eu li em um livro antigo… Daí que a música acabou e entrou a vinheta, com a voz de Robert Johnson afanhando I went down to crossroads, and I got down in my knees, o clássico dos pactários. Sim, com certeza era uma mensagem sobre algum tipo de trato.

No entanto, no que vi as horas no relógio, já eram duas e quinze. Não consigo me lembrar absolutamente do que aconteceu nesse meio tempo.
Daí decidi escrever. Pra me acalmar. Ou virar logo tudo em nervo.
Ainda me recuperando desse susto, sem saber o que fazer – não escrevo faz décadas, minhas mãos duras ficaram tanto tempo em um hospital, fechadas, enquanto me recuperava do coma – , aproveito para baixar a ração de Hannah/Otto na mesa. Está cada vez mais exigente: deu para só comer garotinhas Coisas pretas de sete anos de idade, catadas ali mesmo debaixo, do tanque da Praça da República. Tenho de controlar seu apetite, porque ela não pode crescer mais que seus dois metros e meio. O problema não é caber no aquário – era não conseguir mais dar seus piques de 100 km/h de um extremo ao outro do aquário de 50 m2. Afinal, peixes costumam comer até explodir, e, até onde eu sei, apesar de tudo esse monstro aí ainda é um peixe. Levo o embrulho de garotinhas já fatiadas aos poucos, dois quilos por vez, o que não deixa de ser uma forma de me exercitar; rasgo o saco com um grande punhal marinho – artesania que usou um dente de tubarão-branco –, e o deposito na mesa imersora, que desce e penetra no aquário.
Hannah irrompe veloz de sob os sargaços, furiosa. Abre sua boca em um ângulo tremendo e passa a retalhar a água com sedimentos vermelhos e negros, mastigando a carne humana com suas cinco fileiras de dentes perfeitos, implacáveis. Depois que descarrego sua comida, tarefa que dura cerca de meia hora, Hannah aos poucos se satisfaz e contém seu ímpeto guloso. Aquieta-se, e então põe-se a produzir belos arabescos na água turva, lenta, docemente desenhando círculos e espirais laterais, agradecida, quase sem respirar – ela precisa nadar para respirar, lembrem – , e intuo um sorriso em sua bocarrona… sua vagina dentada.

Papel na água
Enquanto eu, Fabrizio Fabrizzianni, escrevo nessas páginas de papel, usando tinta retirada de antigos polvos, com esse péssimo estilo sem a menor personalidade literária – sou um vidente, não um escritor –, lembro-me do que li em um livro holográfico: de que em outro tempo as pessoas espiavam os diários umas das outras em uma atrasada máquina de silício. Hoje, ninguém mais fala de si mesmo, talvez porque não existam mais pessoas com uma Personalidade Única, depois do Grande Incêndio dos RGs, circa 2037… quando a Divisão dos Não-Lineares foi a única organização política que permaneceu ativa, buscando reconstruir um sentido, enviando seus Agentes para ordenar o Caos induzido pelas Personalidades Intercambiantes.

Meu trabalho consiste nisso: enviar mensagens que leio no futuro aos Agentes do passado, para, quem sabe, melhorar esse presente absurdo em que vivemos hoje, 2055. Então, fico sempre espionando à frente para advertir o porvir – mas meu presente mesmo, este em que vivo, não passa de um deserto marinho, tudo o que posso contar às pessoas que virão depois de mim, depois que meu trabalho terminar e, finalmente, eu puder descansar entre céu e sal…
O mais estranho é que resolvi relatar essas coisas para vocês – mas não consigo ver esses meus papéis no futuro. Não consigo enxergar as anotações – quando tuno esse pensamento, o oráculo só me responde com ondas tranqüilas, o mar aberto, imenso azul: é como se o tubarão tigre se tornasse cristal… Então tenho medo que Hannah/Otto, minha única companhia, tenha desaparecido, aí: mas, subitamente, quando esse medo me eriça os pêlos sob o pijama, meus olhos retomam o vulto cor de Jack Daniel’s do grande peixe, e ela como que dá uma gingada para o lado –, e, não tivesse pálpebras, poderia dizer com certeza que me deu uma safada piscadinha.
Já tentei, outro dia, no Momento, às cinco da tarde, o sol caindo ao meu nordeste e invadindo meu largo apartamento de reflexos amarelos, alaranjados, lilases – e meus olhos tuniriam no Rubi. É neste segundo em que minha mente é acionada pela MMM, o instante em que Fabrizio e Hannah, olho e luz, se tornam um só Oráculo: nos saltos de Hannah, precisamente às cinco da tarde, quando os raios do sol se pondo através das camadas de poeira e grãos de fuligem da inversão térmica de inverno e o vidro blindado e as águas se refletindo nas guelras de Hannah, nas malhas de Hannah, no dorso de Hannah, em cada uma de suas nadadeiras de cartilagem, onde quer que o sol lambesse seu dorso macio, meus olhos também a lamberiam, a perscrutariam sanguessugas, meus nervos à flor de sua pele, e a cada intervalo entre branco, negro e amarelo-ouro, eu a tunisse uma letra, um caractere, um rascunho de símbolo da escrita do Sentido, e afinal lesse na carne de Hannah o que está escrito desde que a Cidade-Olho foi fundada – até seu afundamento.
Tentei tunir meus próprios escritos no futuro, nas malhas translúcidas do tubarão, em esgares e estrias entre negro e dourado. Mas nada vi.

Ostranenie
Deve existir um mundo em que pessoas conversam olhando uma para a outra. Me desculpem, meu mundo é este: escrever garranchos em papéis velhos e balançar de leve pra lá e pra cá em minha rede vermelha, enquanto Hannah/Otto desliza graciosa seu corpo monstruoso nos 50 metros quadrados de água salgada sempre renovada, nossos pensamentos cruzando-se nas borbulhas que saem de suas brânquias ou no hausto que minhas narinas fremem. Talvez não seja questão de reclamar. Enquanto lá embaixo as bombas explodem e a água sobe a níveis cada vez mais terríveis, engolindo as pessoas em uma morna chuva por todos os lados, morar aqui com todas as despesas pagas é até um presente. Talvez pudesse ser como as outras pessoas do meu tempo, meus imagéticos contemporâneos que só se preocupam com seu presente já esquecido em segundos… Entanto – mesmo que elas tenham a memória delas guardada em fatos ou objetos e recordações e eu seja um cientista recém-nascido de 55 anos a que só é permitido olhar à frente de seu tempo – não as invejo.

O que vejo não é perfeito. Mas é meu.
Tem uma coisa que me preocupa. Às vezes, Otto/Hannah sonha. E quem sonha vê o passado. Um dia, quando estiver lendo nas malhas do dorso tigrado do tubarão que sonha o futuro da Cidade-Olho, poderei ver talvez ali aquele que fui um dia. Por isso tento sonhar, para sonhar com o tubarão que sonha, e divisar, afinal, meu passado em seu corpo. Então verei meu retrato. É só uma suposição, mas não me canso de tentar alcançar a pérola do meu tempo perdido.
Uma ostra ninando sua pérola. O sonho seria isso, um círculo perfeito, calcáreo… E por trás de tudo as luzes da cidade se apagam, diamantes desfeitos no açúcar ou no câncer… A pérola é aperfeiçoada pela morte demorada e torturante da ostra, a “morte lenta” dos antigos mafiosos sicilianos: uma bala no cu. Quando uma partícula de areia ou sujeira entra na casca da ostra, se agarra lá dentro, trazendo muita dor. Nesse processo a ostra solta uma secreção que se forma sobre a ferida, o que vai a enfraquecendo e fazendo com que ela produza ainda mais secreção calcárea – aí, a pérola. Ela tem essa cor branca azulada pois é formada de camadas, dores sobre dores… Mas só é conseguida pela morte da ostra.
A memória se auto-caleja. Assim é que, quando nossa memória se torna uma pérola, nós morremos.
Do outro lado do aquário, suspensa no topo do edifício do Banco, há uma porta branca, iluminada, fria, como se suspensa sobre a cidade, entre os ruídos dos carros, dos ônibus, do vôo dos helicópteros, aviões e urubus e os assassinatos lá embaixo – seriam só uns vinte e cinco passos até ela. Mas, entre nós, há Hannah. De modo que decido pedir outra lasanha. O tubarão me olha. Sinto que quer mais uma partida. Desta vez, vou deixá-la jogar com as pretas.
Daqui a uma hora, o sol se põe. E virá um novo Momento. Meu trabalho me espera.